cARTEristas

30 10 2009

Retomo la idea de antes de ayer. Los artistas hablan de defender su obra y a la sociedad. Lo primero, por ser una actividad cuya rentabilidad económica, según se desprende de estas ansias de defensa, está en peligro. Lo segundo, por que gracias a ellos “respira” la sociedad. La desventaja que tienen los políticos es la de no tener el gracejo de Bosé, la chispa de la ministra Sinde o el arte (es un decir) de Teddy Bautista o Ramoncín. Quiero decir, por más dificil que pueda parecer, Leire Pajín nos ha obsequiado con argumentos más trabajados.

Sin que sirva esto como un alegato de la sociedad capitalista, me da la impresión de que, si la sociedad necesitara algo al margen del poder político como vía de escape, no sería necesario que los artistas mendigaran al gobierno. Por lo tanto, da la impresión de que la búsqueda de un búnker dentro de un gobierno se debe más a la necesidad de mantener un (extravagante) estilo de vida más que a dar salida a la expresión de las necesidades sociales. Si le hubieran dicho a Miguel Hernández que a esto se iban a dedicar quienes iban a hacer “respirar” a la sociedad, se hubiera… sorprendido.

Si los artistas necesitan ayudas del gobierno para no sentirse huérfanos ni en peligro de extinción y para hacer respirar a la sociedad, puede que la sociedad no les necesite a ellos, con lo cual, o bien es esta una sociedad que ha llegado a su tope máximo de bienestar o, por el contrario, no se ha llegado a ese tope y los artistas que se necesitan no son estos, los que hablan en nombre de todos ellos. Me inclino más por la segunda opción pero, en cualquiera de los dos casos, muchos se deberían quitar la careta: no defienden el arte, defienden su bolsillo. Para defender los movimientos culturales no se necesita a ningún gobierno.





Sindicato vertical

28 10 2009

Los artistas son una caja de sorpresas. Con esas cursivas no pretendo poner en duda su capacidad creativa ni la estética de su producto y, de hecho, algunas de las personas a las que me refiero son, o han sido, algunos de mis favoritos. Hace varios, varios años, cuando yo (ya) era el rarito de la clase, Miguel Bosé era mi cantante favorito, con el agravante de que crecí en Venezuela y allí todo el que tenga algo que se aleje de la norma es, por supuesto, homosexual. No me preocupaba por Bosé; el tema era que yo, como seguidor de él que era, me veía irradiado directamente por sus desviaciones con las consecuencias que esto podía traer para un niño de once años.

Pero volvamos al tema. La cuestión es que Bosé pretendió hablar por todos ellos al decir que “somos una especie en peligro de extinción como el oso polar o los linces ibéricos” y que se sentían “huérfanos”. Pobres huérfanos, ¿cómo deberían sentirse ellos, que no tienen un ministerio para defender sus intereses? Por el contrario, los artístas, no contentos con tener todo un Ministerio de Cultura, ponen a una de las las suyas a ocupar el cargo. Ruegan al poder político y se integran en él, perdiendo toda credibilidad las palabras que se dijeron ese mismo día, frente al Rey y a la Ministra: se oyó decir que los artistas son “el aire que respira la sociedad” y se pidió que no les desamparara, contradiciendo la razón de ser del arte, que hace que la sociedad respire, efectivamente, pero no a través de los poros del poder político, pues el arte oficial, aparte de ser bastante mediocre, es mentiroso.

Si el arte necesita amparo del poder político, tendrá poco que ver con la sociedad en la que vive, perderá su función  social vital como vía de escape en ella y, en el caso de España, retoma tendencias de organización política preconstitucionales: el sindicato vertical.