Sindicato vertical

28 10 2009

Los artistas son una caja de sorpresas. Con esas cursivas no pretendo poner en duda su capacidad creativa ni la estética de su producto y, de hecho, algunas de las personas a las que me refiero son, o han sido, algunos de mis favoritos. Hace varios, varios años, cuando yo (ya) era el rarito de la clase, Miguel Bosé era mi cantante favorito, con el agravante de que crecí en Venezuela y allí todo el que tenga algo que se aleje de la norma es, por supuesto, homosexual. No me preocupaba por Bosé; el tema era que yo, como seguidor de él que era, me veía irradiado directamente por sus desviaciones con las consecuencias que esto podía traer para un niño de once años.

Pero volvamos al tema. La cuestión es que Bosé pretendió hablar por todos ellos al decir que “somos una especie en peligro de extinción como el oso polar o los linces ibéricos” y que se sentían “huérfanos”. Pobres huérfanos, ¿cómo deberían sentirse ellos, que no tienen un ministerio para defender sus intereses? Por el contrario, los artístas, no contentos con tener todo un Ministerio de Cultura, ponen a una de las las suyas a ocupar el cargo. Ruegan al poder político y se integran en él, perdiendo toda credibilidad las palabras que se dijeron ese mismo día, frente al Rey y a la Ministra: se oyó decir que los artistas son “el aire que respira la sociedad” y se pidió que no les desamparara, contradiciendo la razón de ser del arte, que hace que la sociedad respire, efectivamente, pero no a través de los poros del poder político, pues el arte oficial, aparte de ser bastante mediocre, es mentiroso.

Si el arte necesita amparo del poder político, tendrá poco que ver con la sociedad en la que vive, perderá su función  social vital como vía de escape en ella y, en el caso de España, retoma tendencias de organización política preconstitucionales: el sindicato vertical.

Anuncios