Lo que queda por caer

9 11 2009

Hoy se cumplen veinte años de la caída del Muro de Berlín. Los medios de comunicación llevan varios días recordándonos emotivas historias de personas que con gran valor se atrevieron a desafiar la barrera a sabiendas de que podían morir en el intento, familias rotas  y el terrible aparato represivo de la República Democrática de Alemania. A pesar de las diferencias que se mantienen entre Este y Oeste es indudable que la reunificación ha beneficiado a la sociedad alemana.

Sin embargo hoy también es necesario recordar que reunificación alemana, llevada a cabo de prisa y corriendo, no fue una fiesta para toda Europa, y no me refiero precisamente a las reticencias de Margaret Thatcher. Inspiradas explícitamente en la reunificación alemana se produjeron las declaraciones de independencia de Croacia y Eslovenia, con las consecuencias que trajeron para la paz en el Sudeste de Europa.

Por otro lado, con la fiesta de Berlín, nos olvidamos de otros que se han levantado y todavía no han caído. En el Sahara Occidental hay un amasijo de minas y concreto con arena tras la cual descansa la infantería marroquí que encierra en una franja en el Este de la antigua colonia española a los ciudadanos de la República Árabe Saharaui Democrática. España, entre cada conmemoración de los acontecimientos de Berlín hace hoy veinte años, legitima la presencia marroquí en el Sahara con su silencio y sus relaciones de amistad con el Monarca Alaoui.

En la rivera occidental del Jordán, ocupada por Israel desde 1967, se inició hace algunos años la construcción de un muro dentro del territorio ocupado, violando la integridad territorial de los territorios palestinos (algo reconocido en una Opinión de la Corte Internacional de Justicia) para proteger, entre otras cosas, las colonias fomentadas por la potencia ocupante (violando uno de los principios básicos del derecho internacional humanitario). Dentro del muro la gente rodeada no tiene una vida digna; se construyó para separar a los de una raza de los de la otra, para controlar sus movimientos y racionar sus recursos, que son muy pocos. Los que viven ahí dentro se amotinan de cuando en cuando, como, con la justicia de su lado, se amotinaron hace ya muchos años, los judios del guetto de Varsovia.





Justicia y posguerras

29 10 2009

“Sin justicia nunca habrá reconciliación en los Balcanes,” se titula la entrevista al Ministro de Exteriores bosnio, Sven Alkalaj, que publicaba ayer el diario El País. En ella el jefe de la diplomacia bosnia se muestra optimista acerca de las aspiraciones europeistas de su país: para principios de 2014 espera que Bosnia y Hercegovina ingrese en la Unión Europea. Al parecer, el año fue elegido al celebrarse “el centenario de la gran guerra europea que estalló en Sarajevo para marcar nuestro regreso simbólico a Europa.” Tiene sentido, pues, hacer una referencia a dicho acontecimiento pues no parece, aquel, un deseo muy realista. El asunto se vuelve a complicar cuando descubrimos que los territorios se mueven con cierta rápidez (o más de la que pensabamos) de un continente a otro. Todo se aclara al final de la entrevista: la ilusión consiste en desear, con todas las fuerzas posibles, que habrá pronto nueva Constitución para Bosnia; deseo que yo también comparto aunque soy un poco más cauto. No respondió el Ministro si la reforma será antes o después del ingreso del país en la OTAN, que el prevee para 2012.

Estas contradicciones son una muestra de lo complicado que es salir de una guerra si se le quiere dar al asunto un matiz democrático: en Bosnia, esto quiere decir, el mismo peso de las partes contendientes a la hora de decidir la política federal en el Estado de la posguerra. Entonces vuelvo al titular de la entrevista y pienso en la posguerra española: ¿puede haber reconciliación sin justicia? Se puede afirmar sin problemas que en la posguerra española la reconciliación no fue tal, ya que los vencedores impusieron y anularon todo rastro que oliera a lo-contrario. Las cosas se complican luego, con la muerte del dictador: ¿hubo reconciliación en España? Justicia sabemos que no hubo. Entonces, ¿es que el tiempo todo lo cura?

Las palabras de Alkalaj (por cierto, descendiente de sefardíes expulsados por los Reyes Católicos) son más un consuelo muy necesario para las víctimas de la guerra en Bosnia que una certeza. Fraga jamás conoció un Tribunal Internacional (ni nacional) y, ahora, parece ser que fue pieza fundamental a la que hay que agradecer la España que tenemos.